Por: José Luis Sierra V.
El Miramar de la nobleza criolla.-
Hay algo en el aire fresco de la tarde que levanta recuerdos y tiempos idos. Quien lo dude, decídase a pasear las calles de Itzimná, apenitas baje el calor, cuando las hojas acumuladas en las escarpas empiezan a cobrar vida. Yo lo hago, para encontrarme con las señoritas Alonso, las tres muy delgadas, de “punta en blanco”, como si trataran de hacer honor al mote de “las Obleas”. Las tres meciéndose en los corredores, acariciadas por la primavera que la ceiba de junto descarga en forma de pochote.
Hay algo en el aire fresco que le permite murmurar historias. Quien quiera probarlo tómese la molestia de esperar la caída de la tarde para adentrarse en Itzimná. El otro día, al pasar frente a un huach-restaurante con nombre de puerta me topé con un cortejo que salía de la casona. No, no habían ido a merendar, era una familia que salía del arzobispado con cincuenta años de atraso. Habían ido al bautizo de una beba, hablaban del arzobispo Ruiz Solórzano y de su parentesco con don Lázaro, el Presidente de México. Nomás a la vuelta, por donde ahora está la Volkswagen, se pueden escuchar clarito los versos de Max Salazar, el célebre “Poeta del Crucero”.
Si está usted frente a las tortas María Elena, acérquese a la casona de la esquina, aguarde un instante, vale la pena esperar, tal vez le toque oir una de las peroratas de Perico Peón, un personaje que, como ocurre con los de alcurnia, dominaba a la perfección el difícil arte de “vivir sin dar golpe”. Como Perico, una retahíla de Peones (Pimpín, Bi, Álvaro, Agustín, Huachito, Ana María, Fausta…) se avecindaron en Itzimná en busca de la paz que el ruido vehicular y el trasiego comercial hicieron huir de sus palacetes del centro o del Paseo de “los Montejo”. Como los Peón, decenas de familias “de abolengo” voltearon sus ojos y sus apellidos al viejo suburbio de Itzimná, que otrora albergó los bohíos y las quintas finisemaneras de las familias de postín.
Algo tienen las calles de Itzimná que, al paso de los trenes y de los años, se convirtieron en el vecindario de la vieja aristocracia henequenera, la nobleza criolla que continúa habitando en el México de Maximiliano y Carlota. Nobleza criolla que piensa que el mayor crimen de la Revolución fue hacer creer a los indios que podían ser iguales a “los blancos”. Nobleza criolla cuyos privilegios les enseñaron que, en la democracia, hay y habrá “unos más iguales que otros” y que eso son ellos: d-i-s-t-i-n-t-o-s, familias d-i-s-t-i-n-g-u-i-d-a-s, las de abolengo, las de estirpe porfiriana.
Los Laviada Arrigunaga llegan a Itzimná…
En esa marejada de apellidos en busca de su Miramar meridano, de personajes urgidos de estirar el pasado para seguir viviendo de él, fue como llegaron los Patrón Laviada a Itzimná. Ocuparon una casita de “medio pelo”, al lado del Seminario, facilitada seguramente por algún pariente. Los Laviada, pertenecen a la estirpe de los LA-VIA-DA y A-RRI-GU-NA-GA, apelativos de tanta prosapia que dotaron al apellido Patrón del retintín de aristocracia del que carecía el patronazgo de los Patrón, un apellido de nuevos ricos.
A los tsiritses Patrón se les conoció como los “matalotitos”, por ser hijos de “el matalote”. Y, desde niños, “los matalotitos” fueron testimonio viviente del éxito genético labrado por la nobleza criolla: desde bebés eran muy solicitados para hacerla de “niños dios” en las pastorelas o de “chambelanes” de quinceañeras ávidas de llegar a ser “damas de sociedad”. Pero a los “matalotitos” les ocurrió, también, lo que suele ocurrir a los vástagos de familias aristocráticas que forman parte de élites cerradas: desde temprana edad, los “matalotitos” dieron muestras inconfundibles de haber llegado tarde al reparto de neuronas. La trayectoria de los Patrón Laviada y de tantísimos portadores de apellidos “de abolengo” nos hacen saber que, como las casas reales europeas, nuestra nobleza criolla reproduce varones físicamente bien dotados, tan atractivos que parecen arrancados de revistas de modas. Como las casas reales europeas, nuestra nobleza criolla, a fuerza de cruzar sangres y miedos ha propiciado la degradación genética, lo que en lenguaje común y corriente se denomina “la idiotización de la especie”.
Por si lo anterior no bastase, la errancia y las penurias económicas que enmarcaron la niñez de los hermanos Patrón Laviada, marcaron también sus vidas con la sed de dinero (rasgo muy sentido y harto desarrollado entre “los Patrón”) y con el resentimiento social (característica muy activa entre las familias “de abolengo”). Todos estos factores, combinados, explican la transformación experimentada por los hermanos Patrón Laviada tan pronto tuvieron acceso al poder y gozaron de impunidad para cometer toda clase de excesos.
La sociedad yucateca ha podido conocer, en los cinco años de Gobierno de Patricio Patrón, cómo una partida de “jóvenes de la mejor sociedad” se mareó con los humos del poder, arrastrados por la prepotencia y por la corrupción. El poder convirtió la vida personal y familiar de los panistas en un auténtico desastre, pero más allá de lo privado, su desempeño público ha resultado verdaderamente gravoso para la sociedad yucateca. Y esto último es lo que a nosotros nos interesa. Pasemos entonces a analizar el impacto social y político que representó la entrega del mando estatal a un advenedizo de la política, el “Príncipe Bobo” de nuestra historia.
¿Asociación o conversión?: la aristocracia y la cleptocracia…
Si queremos entender cómo un personaje como Patricio Patrón llegó a gobernar Yucatán, necesario es considerar la función que cumple el cultivo entre los yucatecos. El cultivo se finca en un atributo de la sociedad, que es la capacidad para detectar las debilidades humanas y para hacer de ellas un factor de manipulación.
Patricio Patrón Laviada fue detectado por el grupo que controla política y socialmente a las fuerzas de la derecha. No es por casualidad que este mismo grupo controle la especulación financiera en Yucatán, particularmente las operaciones ilegítimas de apropiación de tierras de origen ejidal, la mayor fuente de enriquecimiento que existe en la Península. Pues bien, este poderoso grupo supo ver en Patricio Patrón al personaje que podía ser utilizado como “figurín” en una contienda electoral fincada en la mercadotecnia y, una vez que alcanzase el cargo de Gobernador, hacer de él un decidido promotor de toda clase de tropelías jurídicas, de las operaciones de saqueo que el “Gobierno del Cambio” convirtió en proyectos públicos, con la excusa de ser para el desarrollo de Yucatán.
¡Y vaya que los cálculos de estos modernos y ejemplares “apóstoles de la democracia” resultaron certeros! En cuestión de meses pasaron a manos privadas las 7 mil hectáreas que conformaban las “reservas territoriales” de Mérida. Ya de salida, dispuestos a celebrar “el año de Hidalgo”, atravesaron al “Príncipe Bobo” en una serie de proyectos inmobiliarios que rayan en la piratería, como fue la “venta de garage” de los terrenos de Altabrisa; o el magafraude que armaron con más de mil hectáreas de Ciudad Caucel; o la increíble trampa –increíble por burda- que pretenden hacer con METRÓPOLISUR; o la manera cínica como se han “cedido” tierras de la COUSEY para el desarrollo de un fraccionamiento de alta plusvalía –el Yucatán Country Club- sin que los promotores tengan que soltar un centavo por adelantado.
Por paradójico que resulte, la devastación territorial y los daños materiales que propiciaron los huracanes Isidoro, Emily y Wilma, resultaron providenciales para el Príncipe Bobo que nos gobierna, ya que a lo largo de su gestión dispuso de cifras estratosféricas de dinero y recursos materiales que pudo repartir sin control y sin supervisión, ya que provenían de los fondos para emergencias del Gobierno Federal. El dispendio al que me refiero dio paso a operaciones escandalosas, como el fraude que cometieron Cosme Mares y su esposa Josefina Hernández en la carretera Mérida-Kantunil, con la abierta complacencia de nuestro Príncipe Bobo. También se hizo evidente en las elecciones federales del 2003 y en las locales del 2004, abusos que fueron demostrados en su momento y que obligaron a renunciar a la Directora del FONDEN. Gasto dispendioso y delictivo, como sucede ahora mismo, de nueva cuenta, en los municipios del oriente yucateco, de cara a las elecciones de julio próximo, con recursos federales asignados para solventar los daños que dejó el ciclón Wilma en la entidad.
Si el filibusterismo con que se conducen los “patricios” ha resultado gravoso para el erario público y para el desarrollo de Yucatán, no lo ha sido menos para el PAN. La corrupción, el tráfico de influencias, el nepotismo, el uso del aparato judicial y del policial para perseguir a sus contrarios, la impunidad jurídica, la atmósfera de ilegalidad que se respira hoy en la política yucateca asfixia al panismo, partido que dejó de lado los principios y perdió en unos pocos años el prestigio que supo labrar como fuerza opositora.
(Este artículo apareció publicado en “La Revista Peninsular”, nro. 861, del 21 abr. del 2006).