En el Día del Presidente.

Por Dulce María Sauri Riancho (Diario de Yucatán; 1 sep. 2009)

Durante muchos años, el 1 de septiembre fue el Día del Presidente: los burócratas tenían asueto, los bancos cerraban ese día, el calendario escolar se iniciaba después de la fecha señalada por la Constitución para que el titular del Ejecutivo Federal rindiera el Informe de sus actividades ante el Congreso de la Unión.

En un recinto construido ex profeso, con un enorme Salón de Plenos, ante legisladores e invitados de las élites políticas y empresariales de todo el país, el Presidente leía un largo discurso, casi siempre sin interrupción alguna. Una breve respuesta del Presidente del Congreso y el recorrido hacia el Palacio Nacional para la salutación —conocida también como el “besamanos”— rubricaban el día.

La forma es fondo. La parafernalia que acompañó por tantos años el cumplimiento de una obligación constitucional cobijaba la reafirmación del poder presidencial frente a un congreso dominado por su propio partido, con una oposición que sólo podía manifestar su descontento absteniéndose de aplaudir.

1988 marcó un parteaguas en la ceremonia del 1 de septiembre. Ese año, ante una oposición casi mayoría en la Cámara de Diputados, Miguel De la Madrid rindió su VI Informe en medio de constantes interrupciones e intentos de interpelación, que culminaron en una accidentada salida con intercambio de golpes incluido, entre un legislador y el gobernador de Baja California. A partir de entonces, el día del Informe fue el único del calendario en que la oposición tenía al Ejecutivo en condiciones para negociar diversos asuntos, que poco tenían que ver con la agenda legislativa, pero mucho con las necesidades y demandas de amplios grupos sociales. Plantones en el Zócalo, marchas y manifestaciones invariablemente lo prologaron.

La pérdida de la mayoría en la Cámara de Diputados se vio reflejada de inmediato en el III Informe de Ernesto Zedillo, en 1997. Ya no era más el Poder Legislativo un subordinado político al Ejecutivo, sino un poder que exigía trato en condiciones de igualdad. La cita de su Presidente, Porfirio Muñoz Ledo, así lo refleja: “… Nosotros, que cada uno somos tanto como vos, y todos juntos sabemos más que vos…”.

La oposición se volvió gobierno en 2000. El PAN que durante muchos años demandó trato respetuoso al Poder Legislativo, inauguró la nueva era política con una ceremonia en el Auditorio Nacional, donde el Presidente Fox fue rabiosamente aplaudido por sus correligionarios y simpatizantes.

Una vez que fueron despojados de su esencia —instancia por excelencia de rendición de cuentas—, los informes derivaron en eventos mediáticos, con publicidad y propaganda desbordadas, días antes y después de la fecha. Menudeó entre los gobernadores la práctica de la rápida entrega del documento, en una ceremonia protocolaria ante su Congreso, seguida de una concentración multitudinaria para recibir los aplausos y el calor del pueblo que supuestamente se le negaban en el recinto legislativo.

Ayer inició una nueva legislatura, la LXI, dominada por la oposición priista. El gobierno decidió celebrar, en la sede del Ejecutivo, un evento en la mañana del 1 de septiembre, previo a la sesión de Congreso General convocada a las 5 de la tarde. La gota que colmó el vaso fue la invitación a los mismos legisladores para acompañar al Presidente en la lectura de su “III Informe de Gobierno”, lo que fue tajantemente rechazado por el PRI y el PRD, por lo que calificaron como “una falta de respeto” al Congreso. Finalmente, el acto fue cancelado.

Como ex legisladora me sorprendió sobremanera la intención del Ejecutivo de crear un foro a modo para presentar anticipadamente su Informe. Sin embargo, como yucateca sentí que ya conocía la historia. ¿Qué hubiéramos pensado si Felipe Calderón decidiera seguir el ejemplo de la Gobernadora de Yucatán para realizar su Informe Ciudadano el 1 de diciembre, cuando inició su gobierno, convocando a una gran fiesta en el Zócalo? ¿Qué hubiera dicho entonces mi partido, el PRI, y los otros? En uno —el Presidente— y en otra —la Gobernadora— hay un elemento común: el propósito de “darle la vuelta al Congreso” en su función de fiscalizar la actuación del Ejecutivo, volverla “chiquita”, intrascendente.

La fuerza de la oposición mayoritaria frustró el intento del Gobierno Federal. En Yucatán, sólo la fortaleza de la sociedad puede reconducir el camino de la rendición de cuentas a la que está obligada la titular del Poder Ejecutivo.— Mérida, Yucatán.

dulcesauri@gmail.com

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