El PRI descalifica y sataniza las alianzas electorales. ¿Es que nunca calcularon que las personas iban a reaccionar por dignidad, por hartazgo?

Uuuuuaaaayyyy!!! El padre del engendro fiscal de diciembre, de ese y de muchos otros engendros más, dice que las posibles alianzas de PRD, PAN, PT, en varios estados ¡¡SON ENGENDROS, contranatura!! Y tú, amigo lector, cibernauta amiga, ¿tu aceptas ser de la MISMA NATURALEZA que Manlio Fabio (a) Dom Beltrone? ¿Y las alianzas con el Verde y con el PANAL?¿Esas si son naturalitas, monumentos de moral y de principios?

Ahora fue la Paredes la que se lanzó indignada a condenar cualquier posible alianza partidista que pueda enfrentar y/o afectar al PRI. Las llamó ALIANZAS VERGONZANTES. ¿Y qué tipo de alianza será la que negoció ella con los obispos para sacar adelante las reformas contra el aborto, en todos los estados, en alianza con el PAN?

Si tanto escozor les causan las alianzas y las combinaciones de siglas partidistas a los abanderados del “NUEVO PRI”, ¿por qué no empezar a llamarnos el Frente de los Ciudadanos Decentes o Alianza Nacional contra la Corrupción? Nada más, unidos contra la corrupción, el engaño y las tranzas electorales que representan y encarnan tan reprobables personajes. Digo, para empezar a llamar las cosas por su nombre…

Pasemos revista, aunque sea por encimita, lo que han escrito algunos editorialistas ma’ o meno’ enterados del asuntacho:

Roberto Rock (El Universal; 25 ene. 2010).

Es importante analizar la indignación tricolor en este tema, pues con diversos adjetivos, Beltrones, Paredes y Peña han alegado la discrepancia ideológica que guardan las plataformas de perredistas y panistas, que podrían personificar —no sin esfuerzos serios— la misma geometría que construyó en Chile la Concertación entre socialdemócratas y socialistas, que permitió extirpar de la política chilena los resabios de la dictadura pinochetista y otorgó a ese país un largo ciclo de prosperidad y armonía.

El PRI exhibe los dilatados efectos de la reducción de espacios internos para el debate ideológico. La falta de una verdadera reflexión doméstica asfixia su visión y estrategias. Sus Estatutos son ejemplo de pragmatismo y de conveniencia, lo que lo ha llevado a subordinarse a iniciativas que, como las reformas en materia de aborto, lo desnudan como partido de derechas. O peor: como un partido enemigo de las ideas.

La alternancia en el gobierno no ha debilitado —incluso lo consolidó— el caciquismo político que ha hecho de los gobernadores virreyes absolutos en sus territorios. ¿Cómo enfrentar la miseria en Oaxaca, Hidalgo, Durango, Puebla o Veracruz, los bajos índices educativos, el nepotismo, la corrupción desbocada, los nexos con el crimen organizado, la subordinación del Congreso, los tribunales locales y los órganos electorales, si el gobernador en turno usa los recursos como patrimonio personal y la estructura toda del poder le permite realizar elecciones de Estado?

Si nuestra maduración democrática no coloca al caciquismo político entre sus objetivos a vencer, éste se reproducirá más allá de las siglas de un solo partido, como ya ocurre en Chiapas, antes con Pablo Salazar y ahora con Jaime Sabines; en Tlaxcala con la jettatura de Beatriz Paredes, o en Zacatecas, entidad donde podríamos ver una singular alianza entre PRI y PT para enfrentar a Amalia García y a su poderosa hija, la senadora perredista Claudia Corichi.

Denisse Maercker (El Universal; 25 ene. 2010).

Pero más allá del evidente enojo de los priístas la pregunta es si una alianza así es legítima. Está claro que en una democracia consolidada la alianza entre dos partidos ideológicamente en las antípodas resultaría improbable e improductiva. ¿Qué agenda lo justificaría? ¿Por qué no mejor aliarse con fuerzas políticas cercanas? Pero nosotros no estamos ahí. En una democracia incipiente como la nuestra, peor aún en estados como Hidalgo y Oaxaca, el eje en torno al cual se acomodan las fuerzas es el de autoritarismo versus democracia. Y entonces la alianza entre contrarios no sólo se explica sino que resulta vital y necesario para el avance democrático.

Y si quedaban dudas de la legitimidad de estas alianzas, el discurso de Beatriz del viernes nos recordó que los priístas no han todavía aprendido a ser un partido más dentro del sistema de partidos e insisten en presentarse como los únicos representantes verdaderos del conjunto de la patria. Los priístas confunden pluralidad con polarización y rompimiento. Y se imaginan como el antídoto al inevitable resquebrajamiento que trae aparejada la libre discusión de las diferencias. Manlio, Beatriz y Enrique acusan al PRD y al PAN de carecer de ideología, ¿y la de ellos? A juzgar por la definición que dio Beatriz el viernes en Veracruz, son la encarnación de la historia toda: “tienen estirpe independentista, raigambre revolucionaria, son garantes de la armonía, el diálogo y de la construcción progresista de la estabilidad del país, liberales y de izquierda dentro de la Constitución mexicana”. ¡Increíble que con toda esa genealogía detrás sean incapaces de pronunciarse sobre temas concretos y actuales!

Es cierto que PAN y PRD en estos inicios democráticos han polarizado y confrontado innecesariamente al país, el costo lo hemos pagado todos y ha sido alto, pero la solución que plantea el PRI es el regreso a un México donde las diferencias se matizan y diluyen, donde se rehúye el conflicto, donde reina el pragmatismo y se ocultan los intereses divergentes.

La democracia mexicana está en juego y los desilusionados son legión.

Por sus errores y excesos panistas y perredistas están a punto de garantizar la restauración del viejo régimen. Por eso, y porque el PRI no ha cambiado, es que esas alianzas tienen sentido.

Miguel A. Granados Chapa (Reforma; 25 ene. 2009).

El secretario de Gobernación se entrometió ese día en la discusión pública que los partidos sostienen a propósito de coaliciones opositoras al PRI en que figura su partido. Coincidió en descalificarlas con posiciones de priistas notorios. Fue inequívoca su condena al esfuerzo conciliador de partidos que suelen pugnar entre sí. Las coaliciones, dijo en un foro en El Colegio de México, “son antidemocráticas” porque “empobrecen una relación sólida entre los políticos y la sociedad”. Y fue más allá todavía: “se debe garantizar que tengan un efecto de gobierno: si no… se acaban convirtiendo en una especie de fraudes electorales”.

Tardíamente advertido de que se había manifestado en sentido contrario a una estrategia que su propio partido explora y está a punto de consumar en algunas entidades, Gómez Mont pretendió rectificarse a sí mismo. Dijo que había calificado de aquel modo a las coaliciones puramente coyunturales, convenencieras, pero que las hay de otra clase, las que se fundan “en la convergencia de ideas y causas”, las que persiguen “una agenda de transformación que significa una obligación con los ciudadanos”. Y para ejemplificar su reciente credo coalicionista, nuevo de 24 horas, habló de la Concertación por la democracia chilena, que acaba de perder la Presidencia de la República en sus manos durante 20 años.

En efecto, esa coalición es el ejemplo perfecto de alianzas entre partidos diferentes y aun antagónicos (que es uno de los puntos a discusión en el actual debate sobre concertación de partidos). Durante décadas, antes del golpe militar de 1973, los partidos socialista y demócrata cristiano contendieron entre sí por el poder presidencial y la representación parlamentaria. En dos ocasiones una de las dos formaciones venció a la otra: en 1964 el democristiano Eduardo Frei Montalva derrotó al socialista Salvador Allende pero éste a su vez ganó en 1970 la Presidencia al democristiano Radomiro Tomic. Fueron también antagónicas sus posturas ante el cuartelazo de Pinochet: mientras el partido demócrata cristiano lo apoyó disimuladamente, el socialista lo sufrió de manera cruel. La ferocidad de la dictadura, sin embargo, los unió sin que ninguno depusiera sus fines. De ese modo, juntos decidieron la salida del déspota y juntos llevaron a la Presidencia a dos democristianos, Patricio Aylwin y Eduardo Frei Ruiz Tagle (hijo de Frei Montalva) y a los socialistas Ricardo Lagos y Michelle Bachelet.

En el ámbito parlamentario no son extrañas las coaliciones entre partidos adversarios. Han gobernado juntos a Alemania la social democracia y la democracia cristiana, que habitualmente se oponen, y no hace mucho se concertó una alianza inédita entre protagonistas de la política española. El Partido Socialista Obrero Español, PSOE, y el Popular, PP, que continuamente se lanzan los platos a la cabeza, tanto en el ámbito federal como en las comunidades autonómicas, pactaron desplazar del gobierno del País Vasco a los nacionalistas que lo regían desde el advenimiento de la democracia electoral, y con el apoyo de los populares fue elegido lehendari el socialista Patxi López. A los de ese modo postergados miembros del PNV esa alianza les pareció ruin y sucia, mezcla de agua y aceite. De haberse producido en el actual contexto mexicano, Beltrones y Peña Nieto le habrían aplicado su severo dictum: engendro contra natura, o unión perversa.

Y es que el PSOE y el PP consideraron prioritario arrebatar el poder al nacionalismo vasco, como el PAN y el PRD (y los demás integrantes de la antigua coalición Por el Bien de Todos) estiman necesario y aun urgente aliviar del gobierno priista a estados como Durango, Oaxaca e Hidalgo.

Antes de la crisis de su relación, causada por el desenlace del proceso electoral 2006, el PAN y el PRD habían marchado juntos en pos de gobiernos estatales. Algunos intentos fructificaron y otros no, y los que fueron exitosos electoralmente (Chiapas, con Pablo Salazar Mendiguchía, y Nayarit, con Antonio Echavarría) no satisficieron a los partidos participantes, pero eso es otro asunto, porque tal como las definen las leyes, y al contrario de lo que supone Gómez Mont, las coaliciones son pactos de alcance estrictamente electoral. La actitud que priva entre esos partidos desde hace 40 meses es el factor que provoca simulada extrañeza ante su pretensión de actuar juntos en ciertas entidades.

Por lo demás, no hay coaliciones químicamente puras, y lo saben quienes denuestan las alianzas. Cuando el gobernador mexiquense califica de perversos ciertos acuerdos electorales, uno cree escuchar al burro hablando de orejas. Como en otras entidades, el PRI en el estado de México se asocia con el Partido Nueva Alianza, como si no fuera verdad que su propietaria, Elba Esther Gordillo, fue groseramente expulsada de aquel partido.

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