Yucatán y otras tribulaciones panistas (Granados Chapa)

Por Miguel Ángel Granados Chapa (Reforma; 16 mayo 2010).

Ensombrecido por el asesinato de José Mario Guajardo, su virtual candidato a alcalde en Valle Hermoso, Tamaulipas, el PAN podría padecer hoy en Yucatán una nueva tribulación si perdiera el gobierno municipal de Mérida, en la jornada con que se abre la temporada electoral para renovar autoridades locales en casi la mitad del país, y que tendrá su episodio central el 4 de julio próximo.

Mérida es una ciudad emblemática en la historia del partido que hoy ejerce la Presidencia de la República. Fue la primera capital de un estado cuyo gobierno quedó en manos del perseverante partido que ponía el acento, quizá porque estaba al alcance de sus posibilidades más que ningún otro nivel, en la contienda por los ayuntamientos. Desde los años cuarenta, en la primera década de su vida, aquí y allá pequeñas poblaciones escogieron candidatos panistas para que gobernaran. Pero había una suerte de ley de bronce en el régimen priista: la oposición debería alcanzar escaso poder municipal, y nunca, por consiguiente, el de las grandes ciudades, el de las capitales.

Víctor Manuel Correa Rachó escapó a la rigidez de ese mandamiento y su triunfo en pos de la alcaldía meridana fue reconocido en 1967. Ejerció con dificultad su gobierno, isla panista rodeada de poder priista por todas partes. Su condición excepcional de ganador se subrayó al año siguiente cuando el gobierno federal rehusó reconocer las victorias del PAN en Mexicali y Tijuana, en el otro extremo de la República. Fue necesario el paso de muchos años para que se admitiera, esa vez en Hermosillo, un nuevo triunfo panista en elecciones municipales en capitales de estado.

Acción Nacional volvió a ganar la elección municipal en Mérida en 1990, y Ana Rosa Payán tomó posesión de la alcaldía al año siguiente. Desde entonces el PAN gobierna la capital yucateca. No ha perdido una sola elección en ese ámbito, desde entonces. Y no sólo eso: desde esa eminente posición Patricio Patrón Laviada se alzó para ganar en 2001 la gubernatura del estado. Al mismo tiempo, la presencia electoral panista le permitía ganar la mayoría en las legislaturas locales y contar con una abundante representación en la Cámara de Diputados del Congreso de la Unión.

Su momento de mayor auge electoral ocurrió en julio de 2006. Su candidato Felipe Calderón arrasó en la elección presidencial: sus 362 mil votos sumaron el triple de los 124 mil 244 obtenidos por Andrés Manuel López Obrador (y aventajaron ampliamente los 258 mil de Roberto Madrazo). Ganó cuatro de las cinco diputaciones federales, salvo la del segundo distrito capitalino, un reducto del poder priista por ser la zona periférica, rural de Mérida. Tres años más tarde, para garantizar su triunfo en un distrito seguro, allí fue postulada la arquitecta Angélica Araujo Lara, que hoy busca ser alcaldesa de la capital.

Contendieron por escaños en el Senado Beatriz Zavala e Ivonne Ortega. Ya habían compartido espacios legislativos, en la Cámara local y en San Lázaro. La panista infligió a la ahora gobernadora una derrota de menor contundencia que la observada en la elección presidencial pero que de todos modos fue inequívoca: 351 mil votos contra 300 mil: Ambas llegaron a Xicoténcatl, Beatriz Zavala a la cabeza de su fórmula triunfante, Ivonne Ortega como representante de la primera minoría. Ninguna de las dos permaneció mucho tiempo en su espacio legislativo. La senadora panista fue designada secretaria de Desarrollo Social del gobierno federal el 1o. de diciembre de 2006, mientras que pocos meses más tarde la senadora priista pidió licencia para ser candidata al gobierno del estado en las elecciones de mayo de 2007.

A la crítica al gobierno de Patrón Laviada se agregó la división interna del PAN para generar un resultado desastroso. Ana Rosa Payán, quien ya había ganado una vez más la alcaldía meridana, y sido diputada y senadora, y aun ejercido un cargo el gobierno federal, fue postergada en la elección de candidato. Se impuso a Xavier Abreu y ella se marchó del partido. No es claro cuánto debilitó su ausencia al PAN pero sí lo es que contribuyó a la victoria del PRI, que no fue sólo la de Ivonne Ortega.

Sobrina de Víctor Cervera Pacheco, el gran cacique priista yucateco que se dio el lujo de gobernar 10 años a su entidad, cuatro como interino y seis como elegido, y plantó cara más de una vez al gobierno federal panista, la ahora go- bernadora heredó y puso en práctica mo- dos de hacer política que le fueron provechosos hace tres años y ahora. Su autoritarismo alcanza aun a los miembros de su partido: Ismael Peraza, diputado local priista que disien- te de la gobernadora, denuncia haber sido perseguido por Ortega. Hace una semana fue agredido con furia por golpeadores en una acción que buscó dos objetivos: darle su merecido al retobón y culpar del ataque al PAN, como uno de los modos de restarle prestigio y apoyo ciudadano.

La gobernadora incorporó a su administración a Angélica Araujo Lara como directora del Instituto Estatal de Vivienda. Nacida en Mérida el 21 de junio de 1964, arquitecta por la Universidad Autónoma de Yucatán, no había tenido participación en la vida pública hasta entonces. En 2009 la gobernadora impulsó su candidatura a diputada federal, que ganó con holgura. Pero no permaneció mucho tiempo en su curul, pues tal vez cumpliendo un designio fue escogida para encabezar la contienda contra la senadora Zavala, aunque la biografía política de ésta resultaba apabullante frente a la novel política.

Antropóloga social, Beatriz Zavala había nacido el 23 de octubre de 1957. Tras graduarse en la Universidad estatal, completó sus estudios en la de Kentucky, en Lexington. Desde su ingreso al PAN en 1995 ha desempeñado allí papeles relevantes, como consejera y como legisladora. En la contienda interna de 2005 por la candidatura presidencial fue en Yucatán la principal activista de Felipe Calderón, por lo que no extra- ñó su incorporación al gabinete. Sin que su desempeño fuese peor que el de sus compañeros, es decir, no por fallas atribuibles a su tra bajo, Calderón prescindió de sus ser- vicios en enero de 2008. Es que el Presidente necesitaba darle nueva dimensión burocrática a Ernesto Cordero, a la sazón subsecretario de Hacienda. Por la misma razón no permaneció mucho tiempo en el sitio dejado vacante por la ahora candidata meridana, pues el año pasado ganó una nueva posición como secretario de Hacienda.

En vez de permanecer en la comodidad de su escaño senatorial, Beatriz Zavala decidió arriesgarse y buscar la alcaldía meridana. Lo hizo con muchos factores en contra. El PAN yucateco sigue dividido y carece de un impulso creador, vivificante, sobre todo después de que no pudo conservar la gubernatura en 2007. Algunos de sus líderes locales se ausentaron, y aunque Ana Rosa Payán, ahora consejera del Instituto estatal de acceso a la información pública, anunció hace poco su propósito de retornar al PAN, no lo hizo todavía y no pudo poner el peso político que aún conserve al servicio de la campaña que hoy concluye. Por lo demás, perteneció a un grupo diverso del que ha sido el de Beatriz Zavala. En tales condiciones, la siempre exitosa carrera de la senadora con licencia está en riesgo de padecer su primera frustración.

Aunque tenso y marcado por los modos priistas de antaño, el clima electoral yucateco dista de asemejarse al que se vive en Tamaulipas. El asesinato de Guajardo, un crimen indignante e inadmisible por sí mismo, genera efectos perniciosos en la vida del PAN y en las condiciones en que se desarrollará el proceso electoral en esa entidad. En al menos tres municipios: Mier, Camargo y Nuevo Guerrero, ese partido no tiene candidatos pues quienes podrían serlo desistieron ante amenazas como la que se consumó en la persona del aspirante en Valle Hermoso. Allí mismo quien iba a ser postulada a la diputación local, Adriana Contreras, declinó hacerlo, atemorizada.

Ya era grave que la delincuencia organizada ganara espacios en la política decidiendo, con su dinero, quiénes pueden ejercer la representación política y el poder. Es todavía peor que las bandas armadas ejerzan un monstruoso derecho de veto, resolviendo de modo imbatible quiénes no tengan acceso a la política. Las tribulaciones que provoca la violencia criminal en la política no son privativas del PAN. Son nuestras también. De todos.

miguelangel@granadoschapa.com

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