Los dilemas del “nuevo PRI”: persistir en el engaño, el autoritarismo y la corrupción o transformarse a fondo y de verdad

José Luis Sierra V.

En julio del 2009, los resultados de la elección federal dejaron ver con toda claridad que el PRI estaba de regreso. El partido tricolor no solamente arrasó, en esa elección, con la mayoría de los 300 distritos en disputa; había ganado, también, en cada elección estatal de manera tan rotunda que hacía recordar el “carro completo” de los viejos tiempos. La llegada del PRI a Los Pinos se vio entonces como simple cuestión de trámite; como destino asegurado siempre que se evitaran los resbalones y las disputas internas.

Los dirigentes partidistas (primero Madrazo, hágame usté el favrón cabor; luego un tal Palacios y, finalmente, Beatriz, que profesa la demagogia con la misma febrilidad con que profesaba la democracia) se empeñaron en hablar del Nuevo PRI y se insistía e insiste en los rostros jóvenes y en los candidatos con “caras bonitas”, pero sus palabras y sus maniobras no han sido suficientes para esconder la cola del dinosaurio bajo las camisetas rojas. Y es que se trata del viejo PRI RELOADED, todavía peor: se trata de LO PEOR del viejo PRI, ya que al engaño y a la corrupción de aquél entonces se suma ahora el cinismo, esa frescura que los mismos viejos y tramposos líderes supieron arrancar de las derrotas para hacer lo mismo que antes y para sostenerlo a ojos vistas con el “sí…¿y qué?”: “…tengo todo el pinche gobierno en mis manos, estoy en la cúspide del poder, tú nada más pide lo que necesites, después levantamos el tiradero…”, gobernador Herrera dixit

Pese a los buenos augurios electorales, la mezcla de soberbia y prepotencia de sus dirigentes y candidatos los llevaron cometer toda clase de excesos y errores para ganarse, a pulso, una soberana paliza en las urnas el pasado 4 de julio, cuando se cumplía apenas un año del contundente triunfo electoral que los ubicó en posición de co-gobernar desde el Legislativo.

¿Habrá cambiado tanto México y el electorado en un año? ¿Será que el PRI no impuso candidatos ni echó mano a los recursos públicos en la elección federal, como lo hizo en todas y cada una de las elecciones estatales del pasado 4 de julio?¿Habrán sido tan distintas las actitudes asumidas en una y otra elección, por el PRI y por sus opositores?

No, no fueron tanto los cambios en los partidos y en sus candidatos. Lo que cambió, radicalmente, fue la actitud del electorado ante una votación y otra; entre votar por algo que se siente lejano, como es la conformación de las cámaras federales, y una votación por asuntos de enorme interés local, por cosas muy sentidas para el votante, con personajes que le son conocidos y cercanos. No se sigue el mismo proceso evaluatorio para votar por un diputado federal, por ejemplo, que para elegir al alcalde del pueblo o al gobernador del estado.

Las elecciones del pasado 4 de julio sirvieron para recordarnos que “lo local” es un espacio ciudadanizado en sí mismo. Los resultados de esa jornada electoral nos dejan saber que el “marketing” no brinda el blindaje suficiente para que un candidato o candidata burle la valoración ciudadana y que no hay dinero suficiente ni “elección de Estado” que pueda alterar la voluntad ciudadana, cuando ésta se consolida y expresa.

Pregúntese usted, amable lectora, cibernauta amigo, ¿cómo y porqué el electorado decide sufragar por aquellos candidatos a la gubernatura que recién rompieron con el PRI sin importarles mayormente los detalles de su trayectoria priísta? Porque en el esquema de valores que determinan las percepciones del votante tienen mayor relevancia el distanciamiento de la corrupción y del autoritarismo priísta, la ruptura con el PRI y con sus dirigentes, que todas las acusaciones que se puedan enderezar, contra ese mismo personaje, recogidas de su pasado priísta.

La derrota que recogió el PRI en las reciente selecciones, pone a su dirigencia en la tesitura de mantenerse en el engaño para presentar la imagen de lo que no son o decidirse a emprender la transformación del PRI que demanda la sociedad mexicana y que ha ratificado, una y otra vez, en las urnas. Los dirigentes que aspiren a reconquistar al electorado tendrán que procesar y dar respuesta a la sentencia sumaria que la ciudadanía dictó en las elecciones del 2006, en contra del PRI y de su candidato, Roberto Madrazo.

Los actuales dirigentes deberán decidir si persisten en su estrategia de simulación o se deciden a atender las tareas de transformación del PRI que se han negado a cumplir, hasta hoy, como son la batalla decidida y total contra la corrupción, la erradicación del engaño, de la demagogia, del cinismo,

Los priístas deben decidir si insisten en la propuesta de ser los salvadores, en el argumento de ser los corruptos y los tramposos los que sí saben gobernar o empiezan por cumplir las tareas que demanda una democracia real y participativa a todos los partidos políticos y, por supuesto, al tricolor: erradicar la simulación de sus prácticas políticas; combatir la corrupción, en todos sus espacios, en todos sus niveles y en todas sus dimensiones. Para recorrer los caminos de su transformación, los priístas deberán prepararse para actuar al margen o en contra de sus actuales dirigentes, porque ellos son parte del problema y no factores de su solución.

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