Testimonio de un protagonista: Yucatán, república de fábulas y travesuras…

Jorge Álvarez Rendón (Diario de Yucatán; 18 jul. 2010)

Hace 32 meses, en ceremonia que se pretendió solemne y tuvo lugar en el antiguo local del Congreso del Estado, antaño salón de actos del colegio de San Francisco Javier, el cronista tomó posesión como “miembro de número” de una supuesta academia de la lengua con alcance regional.

Tras un discurso de cinco cuartillas, alguien colgó de mi cuello una bola de cobre atada con cinta roja y un antiguo compañero de periodismo dio respuesta a mis palabras, aceptándome plenamente en la asociación. Hubo aplausos y parabienes. Ambos discursos fueron publicados en el Diario y la ceremonia dio motivo para reseñas. Según todas las apariencias, aquella academia estaba sólidamente establecida, incluso con ocho socios pertenecientes a la intelectualidad (poetas, ensayistas, maestros universitarios).

Mas tarde vine a saber que yo había sido el primero en tomar posesión solemnemente. Los socios anteriores ingresaron por “designación” graciosa. No mucho tiempo después, en actos igualmente protocolarios, fueron aceptados dos nuevos miembros: un musicólogo y una investigadora de la UADY. 15 días después de la última ceremonia, los “miembros” nos enteramos de que la academia estaba en vías de disolución. Quienes acudimos a la oficina de un honorable notario público nos enteramos que la tal academia sólo aparecía registrada con dos nombres por toda membresía. Ningún documento, ninguna base legal estaba en apoyo a todas aquellas ceremonias públicas, esas ostentosas muestras de pertenencia a una comunidad literaria. Ni cenizas. Como el poeta medieval Jorge Manrique comencé a interrogarme: ¿Qué fue de tantas reuniones y boatos? ¿A dónde fueron los discursos y las declaraciones? ¿Quién recuerda si existieron normas o estatutos? ¿Acaso fue tan sólo una broma jovialmente gigantesca? Algunos nos hemos descubierto ridículos, en cierta forma manipulados en el aspecto más entrañable de nuestra personalidad. Para bien o para mal, hemos ganado, durante 40 años, un pequeño sitio entre los periodistas del comentario cultural. ¿Cómo es posible que nadie bosqueje ni la más mínima explicación? ¿Habitamos acaso una república de fábulas y travesuras? Lo malo es que la bola de cobre sólo vale cuatro pesos (con la cinta).— Mérida, Yucatán.

jorgealvarezredon@hotmail.com ————— *) Cronista de Mérida

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