La increíble obstinación de una Gobernadora para vestir al diablo con IBÓNICA, en vez de PRADA…

José Luis Sierra V.

Cuando una persona emite una mentira y se obstina en mantenerla, se ve en la necesidad de formular más mentiras, hasta que el peso de la falsedad termina por hacerla evidente. Un proceso similar se suscita con los errores.

Si eso sucede en el ámbito personal, en política y tratándose de gobernantes, la determinación de sostener una mentira o rechazar el reconocimiento de un error puede resultar costosa, grave si se consideran los efectos políticos que recaen en la sociedad, muy dañina si se atiende el descrédito personal que significa para el político o el gobernante.

El caso IBÓNICA ha resultado sumamente costoso para la imagen personal y para el gobierno de Ibóm Ortega. Pero todo parece indicar que los engaños no han tocado el fondo y tampoco sus consecuencias políticas.

IBÓNICA y su impacto político era un asunto relativamente menor, de confusión de esferas de interés (gustos y aspiraciones personales que se alimentaron con recursos y actividades gubernamentales), que pudo y que se debió atajar cuando se expresaron las primeras críticas, cuando se manifestó el desacuerdo de algunos dirigentes empresariales por la “competencia desleal” que el proyecto industrial llevaba implícita.

La gobernadora y su círculo íntimo no dieron marcha atrás, por el contrario, desplegaron una compleja y tramposa estrategia de “control de daños” (se convocó a un “concurso de diseñadores” bajo el lema “Mi Stilo es Yucatán”) que generó nuevos problemas, éstos ya con elevados costos políticos: la impertinente remoción de la Secretaria de Fomento Económico, Diana Castañeda -una funcionaria eficaz, discreta y chambeadora, que daba buenos resultados-, implicó la improvisación de su relevo, que no ha sabido o no ha intentado desmantelar la bomba de tiempo que representa el proyecto IBONICA-Mi Stilo.

Haber llegado al lugar equivocado y en momento equivocado podrá significar la noche para un político joven como Víctor Cervera, pero si Cervera Hernández llega a fracasar a resultas de IBÓNICA el que tendrá que afrontar los costos será el gobierno de Ibóm Ortega y ella en particular, tanto al interior de su grupo como en el escenario local y en el nacional, por las repercusiones que alcanzaría un caso de corrupción y de autoritarismo de una de las colaboradoras más visibles y cercanas –por lo menos, la única mujer que aparece, además de La Gaviota- a Enrique Peña Nieto.

Si la aventura de IBÓNICA arrastraba desde sus inicios una serie de contradicciones y limitantes para ser considerada Programa de Gobierno, el entramado con “Mi Stilo es Yucatán” ha resultado un verdadero caos desde el punto de vista institucional y político, pues tampoco cumple con los fundamentos básicos de cualquier concurso. Durante semanas, los yucatecos hemos ido descubriendo, una a una, las aberraciones que escondía el citado concurso-proyecto y hemos debido mostrar nuestra sorpresa, primero, manifestar nuestro rechazo, después, y expresar nuestra indignación, ante la forma como han respondido o intentado actuar los operadores contratados (agencias y “planners” privados), los responsables de los eventos y del programa (unos privados, otros empleados públicos, otros más “agentes dobles”) y los funcionarios públicos que debieran ser los responsables institucionales y que no se atreven a reconocer siquiera que fueron relevados de sus atribuciones ni hacen suyas las explicaciones por todos conocidas: la oficina de la gobernadora no sólo aprueba y controla todo lo que hace la administración estatal, sino que impone operadores externos (de un círculo muy estrecho y exclusivo, que sólo rinde cuentas –si acaso las rinde- a la propia gobernadora) para todos los eventos, para todos los programas de gobierno, para el ejercicio de todas las partidas presupuestales.

La suma de errores y excesos cometidos por la gobernadora y su “cuarto de guerra” propició el escalamiento del problema inicial hasta llegar en días pasados a declararle la guerra a un rotativo local, encadenando situaciones absurdas como levantar una acusación penal contra un reportero que cumplía respetuosamente con su trabajo o, ligado a este exabrupto, negar cualquier relación contractual con la responsable de imagen de la gobernadora, que es también una de las principales si no es que la principal contratista del gobierno del Estado, si se considera el número de contratos.

Aunque el papel que seguramente jugará el Diario de Yucatán como “intelectual orgánico” de las fuerzas opositoras al PRivonnismo será materia de próximo análisis conviene destacar por ahora la miopía con que se condujeron Ibóm Ortega y sus principales colaboradores al “romper lanzas” con un periódico que se había conducido de manera condescendiente y que ahora, en el bando opositor en que fue empujado, sabrá ejercer a la mil maravillas el periodismo desgastante, la vertiente anti-gobiernista que le dio prestigio nacional e influencia determinante en la sociedad yucateca durante muchos decenios.

¿Qué lleva a la gobernadora a persistir en sus errores, agravándolos con más excesos y con decisiones cada vez más graves y costosas para ella y para la sociedad que juró respetar y servir? ¿Qué le impide a una mujer de origen modesto y de escasa formación ordenar un “alto” a fin de realizar un ejercicio de reflexión que le permita dilucidar los errores cometidos y que deba reconocer, una pausa para identificar lo que hay que anular y lo que se debe y puede enmendar, lo que sea necesario mantener e incluso reforzar?

Desde mi particular punto de vista son dos factores, ambos elementales, los que explican esta obstinación: uno del ámbito político, público, el otro, personal. El público, el elemento político tiene que ver con la corrupción y con la idea que se tiene de la libre disponibilidad de los recursos públicos por quien encabeza el gobierno. El factor privado se explica por el anterior y lo refuerza, ya que tiene que ver con la soberbia, ese veneno interior que lleva a los mortales a “perder piso”, que nos hace desconocer nuestras limitaciones y las consecuencias que de éstas pueden derivar, como es el caso de los errores, de los exabruptos y los excesos.

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