¿Sabrá la izquierda mexicana superar su incomprensión de la lucha electoral?

José Luis Sierra V.

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La proliferación de siglas, de organizaciones y de proyectos políticos electorales que experimentó la izquierda mexicana entre 1976 y 1988 (PST, PRT, PMT, MAPU, PFCRN, entre otros), refleja puntual y nítidamente la falta de claridad con que se enfrentaba la alternativa electoral, factor que fortalecía el faccionalismo, tan propio y característico de las izquierdas mexicanas. Tuvo que ser el desgajamiento del PRI, con la Corriente Democrática (que encabezaban Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo y González Pedrero), la que hiciera el papel de eje aglutinador de las organizaciones de izquierda, primero en torno a la candidatura de Cárdenas, posteriormente con la conformación del PSUM/PRD.

Los indudables logros que en el campo electoral ha obtenido el PRD y el sinfín de confrontaciones, crisis y desgarramientos experimentados por las izquierdas en ese trayecto no han sido suficientes para fraguar una misma visión, una definición estratégica en materia electoral dentro del PRD y en los grupos y las organizaciones que lo rodean. Constantemente afloran contradicciones que se creían superadas como es la visión “principista” que alimentó al foquismo de los 60’s y 70’s o el viejísimo debate entre el “frentismo” y la consigna de “unidad a toda costa” que protagonizaron los principales líderes y organizaciones izquierdistas durante el cardenismo.

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El partido, el movimiento, el líder o el candidato que recurra a la lucha electoral con la idea de realizar una revolución “desde el poder”, está errando el camino. El mismo proceso electoral legitima y, por tanto, refuerza el status quo, el aparato de Estado vigente. Se pueden hacer cambios, sí, grandes cambios, también, pero no alterar el carácter del sistema político ni la esencia de su constitución y de sus funciones. Creo que el caso Chávez y la inédita experiencia venezolana nos enseñan toda la gama de posibilidades pero, también, los límites que enfrenta y que termina por aceptar cualquier gobernante que, en aras de la continuidad, asuma una actitud gradualista (caso Honduras y Manuel Zelaya).

Sin haberse externado hasta ahora, los mismos y viejos resabios que ha tenido la izquierda mexicana con relación al juego electoral están ahora tras el debate que se sostiene sobre las posibles alianzas entre partidos y grupos de izquierda y derecha. También están entre los factores que más pesan en la incipiente confrontación que mantienen Ebrard y López Obrador, como cabeza que son de dos proyectos y dos estrategias electorales distintas: Ebrard, con la idea de construir un “centro democrático” al través del Diálogo para la Reconstrucción de México (DIA) y López Obrador con el enfoque “movimientista” que descansa en una organización autónoma, la misma que ha tratado de mantener y consolidar tras el fraude electoral del 2006.

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